miércoles, 14 de marzo de 2012

UN MÚSICO EN EL METRO DE MADRID



Hay un hombre sentado en un pasillo del Metro de Madrid que toca el saxo. No debe superar los cincuenta años, pero su frente surcada de arrugas y su gesto cansado le añaden algunos años más. Le veo siempre a la misma hora, inmóvil entre el gentío que discurre arriba y abajo por el pasillo. Cuando llego al final de las escaleras mecánicas en las que comienza el pasillo, le busco con la mirada. Algunos viajeros se acercan hasta él y depositan unas monedas en el estuche de su saxofón, sin detener su marcha. Al llegar hasta donde se encuentra, ralentizo mi avance. Hoy interpreta una pieza de jazz. Apenas abre los ojos, mientras sus dedos se acoplan a las teclas de su instrumento, cadenciosa e instintivamente. Me sitúo a su lado, a una distancia prudente, y le escucho durante unos minutos.

No me gusta el Metro. No existe un lugar en el que puedas sentirte más solo. Para mí, es el máximo exponente de la masificación de una sociedad ansiosa, de una ciudad impulsada por la inercia de una vida con dirección a ninguna parte. Cuando transito por los pasillos, rodeado por los otros, me siento parte de un ciempiés gigante, que avanza resignado por los márgenes de un sistema que se resiste a claudicar, aunque hace tiempo que yace vencido. Las luces halógenas impregnan el ambiente de una sensación de irrealidad. Los ojos de los viajeros miran al suelo, a un libro, a los anuncios de publicidad que jalonan todas las paredes, pero nadie mira a nadie. El sentimiento de no pertenencia se agudiza a medida que los pasillos se colapsan. La ansiedad colectiva va en aumento mientras la fila avanza con lentitud hacia el siguiente tramo de escaleras.
Permanezco allí, de pie. Mi yo disminuido por la masa se bebe las notas que salen del saxofón del músico. Pienso en la tristeza del siglo XXI. Pienso en mi generación, machacada por el consumo y engañada por las promesas de un progreso infinito. Pienso en las mentiras de un sistema que produce más miseria de la que es capaz de digerir. Pienso en que el futuro es un no rotundo. Hoy, siento el latido de esta ciudad apagado y marchito. Pienso en Dámaso Alonso, y en su Madrid de un millón de muertos, y en que este Madrid, de cinco millones de muertos, no es diferente al suyo. El músico continúa tocando, ajeno a todo y a todos.

Quiero recordar cada una de las notas que escucho para evocar mi Humanidad cuando el fantasma de la guerra haya triturado todos los instrumentos. Retengo en mi mente la melodía, para recordar que la música nos hace dignos, para proteger al niño que fui y mantenerlo a salvo cuando las masas de seres humanos se conviertan en hordas y se lancen a la destrucción de lo que hemos construido. Sí, he de retenerla, porque quizás estos son los sonidos de un mundo que se sume lentamente en el ocaso. Quizás algún día en este planeta sólo se escuche el silencio, y la música yazca muerta a los pies de algún roble.
El saxo acelera su ritmo. Siento el corazón de John Coltrane bombear a lo largo de los pasillos, ahogando el estruendo de miles de zapatos. Ha desaparecido el murmullo, y sólo se escuchan los ritmos rotos del jazz. Entonces soy consciente de que merece la pena luchar un día más, por la música, por los que están por venir, para que ellos también puedan descansar en el camino y agrandar su espíritu unos instantes en medio de la vorágine. La idea de adentrarme en la multitud se hace más tolerable. No me resulta tan difícil avanzar de nuevo.
El músico emite la última nota, sosteniéndola  durante unos segundos. Despega el saxofón de sus labios y permanece unos momentos con la mirada fija en un punto del suelo, mientras recupera el aliento. Deposito unas monedas en su estuche y le doy las gracias con la mirada. Me siento con fuerzas para volver a caminar. Sé que soy uno más, pero me siento distinto. La música dulcifica una existencia áspera, y convierte el mundo en un lugar tolerable. Mientras me alejo, vuelvo a escuchar el sonido del saxo en la distancia. Quizás no todo está perdido mientras podamos volar agarrados a las notas doradas de un instrumento. Quizás queda esperanza si permitimos que el brillo de un saxofón ilumine las tinieblas del futuro.


JAVIER NIX CALDERÓN

2 comentarios:

Elena dijo...

Un texto hermoso Javier, y sobrecoge... pero mientras haya personas,como tú, que escuchen Música hay esperanza. Gracias.

No more dijo...

Gracias Elena. Hay esperanza en la Música y en la voluntad de trascender de los músicos.