sábado, 24 de noviembre de 2012

MADRID



Madrid. Magerit. Mayrit. Cauce eterno de agua. Tienes la apariencia de un músculo plano, debilitado por mil años de excesos. Ciudad construida de barrios, iluminada, colapsada, atrapada entre el frío de las montañas y el calor abrasivo de la meseta castellana. Tus arterias renuevan diariamente la sangre que te nutre. El Paseo de la Castellana es una lengua de asfalto que se introduce hasta los intestinos de la ciudad, donde los excrementos se mezclan con los sueños de seis millones de muertos. Madrid no es un corazón latiendo; Madrid es un estómago todopoderoso, una boca que tritura sin dientes. Madrid es la ciudad del ansia: el ansia por escapar y volver una y otra vez.


Nosotros, tu alimento, los que te amamos y aborrecemos con igual intensidad, los que inundamos tus aceras, nosotros, que te sentimos como hogar aunque sepamos que entre tus muros quizás no hay sitio para nadie, nosotros, madrileños de todos los rincones del globo, te cantamos. Cantamos en las noches, sobre un coro de cláxones y sirenas de ambulancia. Cantamos, clamamos, por un sitio, por habitarte, por refundarte, por insuflarte vida. ¿Dónde respiras, Madrid? ¿En qué fuentes bebes? La industrialización ha podrido tus aguas y ennegrecido tus vientos. El progreso ha dibujado sobre tu cielo una campana de contaminación que tus árboles alveolares son incapaces de destruir. Quizás haya que mirar atrás para comprenderte. Quizás el bisturí de la Historia es el único capaz de diseccionarte y explicarte.


Madrid, ciudad de los Austrias, edificada sobre el expolio de un continente, entre la metrópoli y el arrabal árabe, debes tu brillo apagado a dos siglos de robos. Madrid, Villa y Corte de una monarquía corrupta y genocida, viviste tu Siglo de Oro cuando el oro y la plata de las colonias dejaron de afluir. La decadencia del Imperio estimuló tu genio. Tirso de Molina y Lope de Vega reflejaron el ocaso de un imperio en el que nunca se ponía el Sol. Los últimos rayos iluminaron una ciudad que hervía de vida y talento, amante del teatro, zafia y violenta, profundamente castellana. Madrid, ciudad de viajeros, maleantes, pedigüeños, putas y mercenarios, durante dos siglos callaste, lánguida, purgando tus culpas, cosechando derrotas, cerrándote al mundo.

Madrid, tú que te transformaste en pueblo un 2 de mayo de 1808 con el objetivo de elegir a tus propios tiranos, abonaste tus afueras con la carne fusilada de tres mil madrileños. Ciudad grotesca inmortalizada por Goya, escenario de su aislamiento y sus Pinturas Negras, sus cuadros reflejan el alma atormentada de un siglo del que aún resuenan sus ecos. Tras esto, el Absolutismo volvió. Las revoluciones de Europa no resonaron entre tus muros, condenándote a un inmovilismo que te colocó a la cola de las capitales de Europa. Llegaste tarde a la carrera colonial, y mejor así. Demasiada sangre de indígenas arcabuceados por Pizarro y Cortés mancha ya tus paredes. A comienzos del siglo XX, la pérdida de tus últimas colonias descabezó por completo tu secular mentira colonial. De nuevo, la decadencia económica convertida en podredumbre moral, te estimuló, y surgió la Edad de Plata. Unamuno, Azorín y Pío Baroja entre otros alzaron sus voces para regenerar un país marchito y sin esperanza. Madrid, centro geográfico de España, ya te habrás dado cuenta. El fracaso te engrandece.


La convulsión de las primeras décadas del siglo dio paso a una República que se convirtió en anomalía histórica. Europa cedía ante el fantasma del fascismo, pero, Madrid, tu arrojaste de sus palacios a un rey que habitaba en el lujo, al margen del hambre del pueblo. Cientos de miles de personas acogieron con esperanza una República que se perfilaba como el fin de la desigualdad. Tras cinco años de luchas intestinas, los extremos destriparon un sistema incapaz de parar la rueda del capitalismo. En julio de 1936, el pueblo de Madrid se lanzó de nuevo a las calles. El Madrid del 36 es La Pasionaria enardeciendo a las masas hambrientas de justicia. El Madrid del 36 es la calle de Atocha, con las Brigadas Internacionales desfilando hacia el frente ante una multitud atónita. El Madrid del 36 es la empalizada del fascismo, el grito unánime del “No pasarán”. El Madrid del 36 es un batallón de peluqueros deteniendo con sus fusiles en la Casa de Campo a las tropas africanas de Franco. El Madrid del 36 son Robert Capa y Hemingway retransmitiendo al mundo el coraje de un pueblo que soportó el hambre con estoicismo. Ese Madrid que fuiste, que aún late en tus entrañas, recorrió el mundo arrojando utopías.


Los generales consiguieron doblegar tu espíritu tres años después. Durante cuarenta años sufriste el silencio de las sacristías y la pobreza. La ciudad imperial se convirtió en un cementerio de vivos. Los emigrantes del campo ensancharon tus límites, construyendo chabolas en las que malvivir, mientras huían de la miseria. Llegaron con sus sueños en maletas de cuero, dispuestos a alimentar tu naciente motor industrial. Como recompensa, transformaste sus lodazales en barrios asépticos, donde la miseria se encerró tras las puertas de las casas.

Fue en estas casas donde se criaron los hijos de la Transición, una generación ideologizada ansiosa de libertad que se dejó arrastrar por las olas de la droga. Los años 80 te convirtieron en el epicentro de la liberación sexual y de la fiesta. La Movida madrileña agitó tus miembros adormecidos. De Lavapiés a Chamberí, de Chueca al Centro, un rumor comenzó a propagarse de boca en boca. La libertad, la juventud triunfante sacudiéndose los complejos de casi medio siglo de censura, pintaron tu cara del color marrón de la heroína calentada en cucharas, de las chaquetas negras de los punkis, del arcoíris homosexual que se deslizaba de antro en antro. Nunca fuiste más real, Madrid. Nunca la vida crepitó con tanta intensidad en las mentes de tus habitantes.


Madrid, hoy eres una ciudad más invadida por el techno y el alcohol,  construida de calles donde los hombres se buscan unos a otros sin encontrarse. Madrid, eres insomnio, psiquiátrico sin muros, capital del vicio y del desempleo. Madrid, tu pulso late muy débil bajo el hormigón. Aparta tu cara de cemento. Apaga tus luces para que las estrellas del cielo puedan iluminar tu verdadera grandeza. El brillo de los sueños de aquellos que te construyeron será suficiente para guiarnos una y otra vez hasta ti. Nos vamos, Madrid, pero siempre volvemos, porque eres un “aquí” pronunciado desde el infinito, un cauce eterno de agua por la que navega el futuro.



JAVIER NIX CALDERÓN


1 comentario:

encarni castro dijo...

Qué bien escribes. Un lujo leerte.
Todos tenemos un mechón de Madrid guardado en un bolsillo; los que alguna vez pisamos su asfalto, volvemos a erizar nuestra piel al inhalar su aroma. No importa cuándo ni cómo recales en su reino, pues siempre sientes su hospitalidad cerca del corazón.