viernes, 11 de enero de 2013

EL ARTE DE LA HUIDA



Para mi hermano Alberto, que fue, de verdad, un B-Boy hasta la muerte.

Todas las ciudades se parecen de noche. Alcobendas es otra ciudad más del extrarradio a la sombra de Madrid, habitada por cien mil personas, pero en ese momento Alberto siente que es única y le pertenece. Mientras camina por la calle, con su mochila cargada de aerosoles, dibuja en su mente el graffiti que está a punto de plasmar en la pared. El ruido de los sprays agitándose le hace andar más despacio. Piensa que hasta el último vecino de los portales que deja atrás debe haberse despertado al oír el tintineo de los botes de pintura chocando unos con otros. La adrenalina agudiza sus sentidos hasta el límite. Lo capta todo: la luz de las farolas iluminando tramos de acera, las caras de los ocupantes de los pocos coches que atraviesan la madrugada, el sonido de los televisores en las casas de los que no pueden dormir. Disfruta enormemente de esa sensación. Se dice a sí mismo que merece la pena correr el riesgo de ser multado. El graffiti lo merece. Ha dado sentido a su vida. Siente la soledad del artista al que el mundo no comprende, pero no se siente sólo. Le basta con mirar a las paredes y ver la firma de otros como él para saber que forma parte de algo más grande que sí mismo. Las firmas no son letras unidas al azar. No, él bien lo sabe. Detrás de cada una de ellas se esconde una historia, una vida que transcurre entre el anonimato y el afán de llegar a todas partes, entre la luz del día y la oscuridad de la noche. Se para frente a una pared llena de graffitis y busca un espacio libre con la mirada. Saca su rotulador y se acerca. Pinta su nombre, el que él ha elegido: Nix.

No recuerda cómo se le ocurrió. Casi todos los nombres de guerra surgen de un mote o de un juego de palabras, pero el suyo no. Quizás fue la sonoridad, quién sabe. Al poco tiempo de adoptarlo, leyó en algún lugar que era el nombre de la diosa griega de la Noche. La imaginaba alta, como él, cubierta por algún tipo de túnica oscura, con el rostro oculto entre las sombras y una mirada hermética. No creía en el destino hasta ese momento. El hecho de haber elegido ese nombre para escribirlo en las paredes y que perteneciera a la diosa de la Noche no le parece una casualidad. Ella, Nix, diosa de la Noche. Él, Nix, escritor nocturno de graffiti. La conexión le parece innegable. Ambos están unidos por la luna… pero ya basta, céntrate, se dice. Tiene que estar alerta. El número de policías ha aumentado mucho en los últimos años en Alcobendas, haciendo peligroso, casi imposible, pintar en muchos muros de la ciudad. Incluso caminar por la calle a esas horas con una mochila es arriesgado. Va atento a los coches que pasan por su lado.


La probabilidad de que los coches que circulan de madrugada sean “secretas” es cien veces superior a las dos de la mañana que a las ocho de la tarde. Y no piensa cometer el mismo error que siete años atrás, cuando tenía dieciséis y caminaba por las afueras de San Sebastián de los Reyes después de haber pintado en la tapia del cementerio, uno de los sitios más complicados de la ciudad por su extrema visibilidad a cualquier hora del día y de la noche. Al torcer la esquina del cementerio, vio un coche de policía que venía de frente. Al acercarse, el coche disminuyó la velocidad y los dos policías nacionales le observaron con detenimiento. Alberto continuó caminando, aunque aceleró la marcha cuando el coche desapareció de su vista. Respiró aliviado. Diez segundos después, la policía apareció de nuevo. Habían dado la vuelta un poco más adelante. Resulta evidente que desconfiaron de aquel chico que caminaba de madrugada con una mochila a la espalda. Alberto contuvo la respiración mientras un policía se bajaba del coche y le espetaba un “Quieto ahí, chaval”. No se lo pensó dos veces. Tras gritar “Y una polla me voy a parar”, echó a correr calle abajo. El policía más joven se lanzó tras él, mientras que el de más edad conducía el coche, intentando cerrarle el paso. Alberto corría como un gamo. La sangre le golpeaba en las sienes con furia. El policía que le perseguía a pie comenzó a gritar “¡Alto o disparo!”, pero a Alberto le pareció un farol y no hizo caso. La mala suerte hizo que dos coches de policía municipal que pasaban por allí vieran la persecución y le esperaran al final de la calle. Alberto los vio demasiado tarde. Esquivó al primero, pero no pudo con el segundo. Resbaló y cayó delante del coche. El policía que le perseguía llegó hasta él, le dio la vuelta y le asestó dos puñetazos en las mejillas y una patada en el estómago, según dijo después “para reducirle”. Lo cierto es que él ya estaba reducido. El suelo le había reducido. Le puso las esposas y le introdujo en el coche patrulla. El policía se parecía mucho a Nek, el cantante italiano de pop para adolescentes cursis. Se dio cuenta de que disfrutaba de su trabajo cuando sonrió a los policías municipales, mientras estos le felicitaban por la detención. En ese momento pensó en las amenazas de su padre, advirtiéndole de que si algún día le cogía la policía pintando, le daría una paliza. Le llevaron a comisaría y le metieron en un cuarto como los de las películas, con un banco de madera y un escritorio blanco aséptico. Cuando el policía que le había golpeado entró, le pidió perdón por haberle pegado y le preguntó que por qué no se había parado. Alberto explicó que había pintado y pensaba que querían multarle. El policía se rió y le dijo que creyeron que había robado en el polígono industrial y que en la mochila llevaba algún tipo de navaja. A él no le hizo ninguna gracia. Su mejilla comenzaba a hincharse y le dolía el estómago por la patada. Cuando llegó el policía más viejo, mantuvo una conversación con su compañero. En ese momento le parecieron una versión bizarra de Starsky y Hutch a la española. El viejo se acercó hasta él y le dijo: “Ya puedes irte, chaval. Pero me he quedado con tu cara. Si nos volvemos a encontrar, y te aseguro que nos volveremos a encontrar, y te pillo haciendo alguna, prepárate. Entonces no van a haber palabritas amables. Lárgate de aquí antes de que llamemos a tus padres”. Tenía pinta de hombre cansado y resignado, pero con la mala leche suficiente para joderle si se lo proponía. Recogió la mochila y se fue a su casa. La verdad es que después de aquello aprendió. Cuando la policía te da la primera hostia, es mucho más difícil que te den otra. No habían vuelto a cogerle desde entonces.


Pero eso ocurrió hace siete años. Alberto ya no es aquel adolescente temerario. Sabe qué hacer y dónde hacerlo. Ha tenido que correr muchas veces, y ya se sabe que la experiencia es un grado. Esta noche va a pintar en un sitio en el que nadie se ha atrevido a hacerlo aún. No tiene miedo, pero siente la ansiedad de los instantes previos. Le cuesta tragar saliva y le sudan las manos, pero está decidido. Ni un millón de policías harían que desistiera de su objetivo. Y menos la policía de Alcobendas. Aún recuerda cuando vio a seis de ellos en las fiestas de San Isidro, apoyados junto a una valla,  lanzando piropos a las chicas que pasaban por su lado. Ese puñado de eunucos con pistola, de descerebrados con hipertrofia muscular, orgullosos de su incultura y su fracaso escolar, no va a poder conmigo, se dice. No es que odie a la policía. Es más bien que la policía le odia a él. A él y al noventa y cinco por ciento de la gente joven.


No, no le van a parar. Vislumbra el muro a lo lejos. Se esconde tras un coche y comienza  a sacar las latas de pintura lentamente de la mochila, para no hacer ruido. Esta mochila me dará suerte, se tranquiliza. Me ha acompañado desde aquel día y no ha vuelto a ocurrirme nada. Observa los colores que ha elegido. Un spray plateado, uno negro y otro verde. El plata cubre más rápido la pared. No le sobra el tiempo. Algunos coches circulan a lo lejos y espera hasta que desaparecen. Esconde la mochila en unos arbustos y comienza a caminar. Mira a todas partes. Sus ojos parecen los de un camaleón, girando en todas direcciones. Llega hasta la pared elegida. Mira a ambos lados por última vez. Tengo tres minutos, se dice. Ni uno más. Comienza a pintar, pero le tiemblan tanto las manos que los primeros trazos parecen los de un niño de cinco años. Traza la ene con más pena que gloria y la rellena. Lo mismo con la i latina. Sigue con la equis. Las formas son simples, simétricas y rectangulares, como teclas. No puede hacer piruetas sobre la pared. Tiene sólo tres minutos, pero necesitaría diez para hacer algo mejor. El tráfico a sus espaldas se incrementa, pero no puede girar la cabeza. Eso le haría perder tiempo. Se encomienda a su instinto. Coge el spray negro. Marca el contorno de las letras y después las sombras. Casi ha consumido los tres minutos que se había marcado como límite. Busca el spray verde y se dispone a meter la última línea, la que le dará fuerza a las letras. Está a punto de terminar cuando el reflejo de unas luces azules sobre un cristal cercano le devuelve de golpe a la realidad. Escucha un frenazo y gira la cabeza. Un coche patrulla se ha parado en seco a su espalda y dos policías se dirigen corriendo hacia él.


Le gritan. Oye sus pisadas sobre el asfalto. Arroja el spray que sostiene y corre. Corre como si la vida le fuera en ello. Sortea unos arbustos y salta por encima de un banco. Se siente como Carl Lewis en la final de los doscientos metros obstáculos. No piensa en nada, sólo en escapar. La adrenalina dispara sus pulsaciones y tensa los músculos de sus piernas. No siente los movimientos. Los edificios se desdibujan mientras aumenta el ritmo de su carrera. Le da la impresión de que lleva diez minutos corriendo, pero apenas lleva cincuenta segundos. Los policías siguen tras él aunque poco después se dan por vencidos. Sus cuerpos de gimnasio no pueden competir con su físico delgado y su agilidad.

Llega hasta una rotonda. A su izquierda destellan las luces azules de un coche de policía. Los que iban tras él han vuelto al coche para continuar la persecución conduciendo. Sabe que no tiene muchas opciones: debe dirigirse al norte, hacia el barrio nuevo, lleno de parques y sitios en los que esconderse. Alertados por el ruido de la persecución, algunos vecinos encienden las luces de sus casas y se asoman por la ventana. Se esconde tras un coche y planifica sus próximos movimientos. Irá por la calle Marqués de la Valdavia, por el colegio que ocupa la margen izquierda, cuya acera se encuentra un poco por debajo del nivel de la calle. Así podrá ver sin ser visto. Toma aire y cruza la calle a la carrera. Atraviesa la siguiente rotonda corriendo también, cubriéndose en los portales más adelante, como si fuera un guerrillero checheno en Grozni.


Se sienta en el suelo de un portal que encuentra abierto. Necesita recuperar el aliento. Siente su corazón latiendo a lo largo de todo su cuerpo. Escucha los latidos en su cabeza, sus manos palpitan, los músculos de las piernas acusan el esfuerzo de un kilómetro de carrera explosiva. Tiene la garganta más seca que una lija y cada bocanada de aire le quema en los pulmones como azufre. Cuando se calma un poco, sale y observa la calle. Pasan dos coches de policía, cada uno en un sentido, con las luces puestas pero sin hacer sonar la sirena. Es lógico, quieren cogerle, no espantarle. Si escuchara el ruido le sería más fácil, pero la policía no es tonta. Comienza a caminar despacio, mirando a todas partes. A su alrededor, la ciudad-dormitorio duerme. La ansiedad le crispa el gesto. Hasta el sonido del roce de la tela de sus pantalones le asusta. En momentos como este desearía convertirse en humo. Fantasea con la invisibilidad, como cuando era un niño y se escondía tras los libros mientras el profesor buscaba con la mirada a alguien que saliera a la pizarra a resolver una ecuación. Llega hasta Fuente Lucha, un barrio de viviendas de protección oficial para jóvenes que el Ayuntamiento había construido unos años atrás. Las calles son amplias y hay multitud de parques. Piensa que allí podrá ver venir a los coches desde lejos y estará preparado para correr si es necesario. Aguardará allí hasta que la cosa se calme y pueda volver a recoger la mochila. No piensa volver a su casa sin la mochila. No es por los botes que contiene. Esa mochila tiene valor sentimental para él. Es su amuleto.

Se sienta en el banco de un parque situado en lo alto de una pequeña loma. Las calles brillan con la luz amarilla de las farolas. No puede estar mucho tiempo en la misma posición. Está muy agitado y sabe que si se queda quieto perderá el impulso de la huida y terminarán por cogerle. Sólo cogen a los que se paran, piensa. El secreto de escapar es estar siempre en movimiento. Vigila constantemente el horizonte de la calle y, de pronto, sus ojos se topan con una puerta metálica totalmente limpia. Sabe que no debe, pero no puede evitarlo. Se palpa la sudadera. Aún tiene el rotulador. No entiende cómo no se le ha caído durante la carrera. Quizás esa puerta debía ser pintada por mí, se dice. Va hasta allí rotulador en ristre y lo destapa. La obra de arte sucede en todos los momentos, piensa. Ahí está él, huyendo y pintando. Esto es graffiti, dice para sus adentros mientras pinta: No tener miedo, expandir la vida, escribir mi nombre sobre esta puerta y que los que lo vean sepan quién soy, sin imaginarme.


De nuevo las luces azules. Cuenta hasta cinco coches. Se dividen a la entrada del barrio y toman direcciones distintas. Sabe perfectamente que han adivinado sus movimientos. Quizás algún vecino les ha llamado, dándoles el chivatazo. No tenía que haber pintado en la puerta. Al diablo, se dice. El graffiti no son sólo palmaditas en la espalda por los logros. También es esto. La tensión de la huida, la conciencia de lo prohibido. No me gustaría tanto si no estuviera perseguido, se dice. Tiene que tomar una decisión. Si se queda en el mismo sitio, corre el riesgo de que le acorralen. Y no piensa ponérselo nada fácil. Que se ganen su sueldo, ríe para sus adentros. ¡Qué suden! De las dos calles que tiene delante, elige la más ancha. Así tendrá más opciones de sortear el coche si le ven. Se dirige hacia ella, con paso ligero. El coche circula despacio. Observa una caseta a la derecha. Se esconde tras ella cuando el coche está a punto de pasar por su lado. Va con las ventanillas bajadas y escucha con total nitidez por la radio: “Ese cabrón acaba de pintar en la casa del alcalde, en nuestras narices. El mismo que pintó en el centro de salud hace dos semanas, en el auditorio y en todas jodidas partes. La comisaría está llena de fotos de sus pintadas y tenemos denuncias para alicatar un cuarto de baño. Cogedle. Vamos a quitarle las ganas de volver a pintar ni con Plastidecor”. Se le hincha el pecho de orgullo. Ahora todo encaja. Nunca antes le habían perseguido tantos coches. La casa del alcalde, ni más ni menos… ahora entiendo por qué nadie había pintado allí antes, piensa. Nadie ha tenido cojones. Se mete el rotulador entre el pantalón y la cintura y mira al cielo. Confía en su instinto. Cree que Nix, diosa de la Noche, le protege. Que le guía entre las sombras. Abandona la caseta y mira hacia atrás. Las luces se estiran a lo lejos. Dos coches están parados y distingue las siluetas de los policías hablando, coordinando sus próximos movimientos. Es su momento. Cruza la calle. Se dirige al centro. Se equivocó pensando que en las calles de Fuente Lucha estaría más seguro. Deja atrás los últimos edificios y se interna en un parque.


Las casas pierden calidad a medida que se acerca al centro. Muchas presentan grietas, desconchones en las paredes, rejas oxidadas en las ventanas. De algunas llega el ruido de gente viva que muere frente al televisor. Una mujer fuma un cigarrillo en la terraza con la mirada perdida en la distancia. Fija sus ojos en él, pero sólo un instante. Alberto continúa su camino. No hay coches cerca, aunque el peligro no disminuye. La mayoría de las calles son de un solo sentido. Si un coche de policía viene de frente, no le quedará otra opción que correr hacia atrás, desandando el camino. No es creyente, pero reza. Le reza a todo el panteón hindú si es preciso. Decide que se refugiará en su antiguo barrio, aquel en el que creció. Cree que allí estará seguro por unas horas hasta que todo se calme. Atraviesa las aceras sucias de la plaza de la Artesanía. El progreso ha intentado disfrazar con sus construcciones modernas el espíritu de un barrio que permanece fiel a sí mismo. No le gustan esas fuentes futuristas, sin vida ni historia. Siente que le han arrebatado partes de su infancia. Recuerda los juegos en verano, salpicándose agua en las horas de calor con sus amigos. Recuerda la esquina escenario de su primer beso, ahora ocupada por un banco de una sola plaza, para evitar que los indigentes duerman sobre él. Piensa en los perritos calientes que tomaba con sus padres y su hermano en su adolescencia, cuando comenzaba a avergonzarle que sus amigos le vieran con su familia. Siente una punzada de culpa al rememorar esa sensación. Mataría por volver durante una hora a aquellos tiempos. Pero no puede. Ya no existe el puesto de perritos calientes y la plaza es una planicie desnuda con un parque infantil escuálido. Alberto se para unos segundos a coger aliento bajo un soportal.  El pueblo ha completado su transformación. En ese momento más que nunca, le parece una ciudad tristemente moderna. Alcobendas reniega de sus orígenes. Ha desenterrado sus raíces y las ha arrojado al cauce contaminado del Arroyo de la Vega. 


Por fin llega a la zona de copas. En dos minutos estará en su antiguo barrio. Allí no le encontrarán. No ha vuelto a ver a la policía, pero ya no le preocupa tanto. Allí puede pasar por uno más de los borrachos que deambulan de bar en bar apurando las últimas horas del menguante horario de apertura de los pubs. Le dan ganas de gritarles “¡Eh, tú! Acabo de pintar en la casa del alcalde. Y tú, ¿qué has hecho tú?” Pero no quiere correr el riesgo de meterse en una pelea. Le dan pena esos tipos consumiendo su vida entre alcohol barato y música de mierda, buscando un coño que poseer por una noche. Ve a su amigo Manu saliendo de un pub de rock, totalmente borracho. Hace varios meses que no le veía. Lo último que supo de él es que le habían despedido de la tienda en la que trabajaba. Tiene la ropa arrugada y una barba de más de una semana. Le saluda con la mano, pero Manu no le ve. Va ciego de alcohol, como cuando tenían dieciocho años. Es la viva imagen de la dejadez. Desaparece por una esquina, tambaleante. La crisis, piensa. La crisis está acabando con todo. Y la autoestima de toda una generación ha sido su primera víctima. Quizás esta es su manera de enfrentarse a una realidad opresiva. Alberto le compadece. Pero, joder... es miércoles, se dice. La gente ya sale todos los días. Van por ahí como zombies, dando tumbos. Mierda de país. Mierda de sociedad.


Alberto se esconde en un portal y mira la calle que se abre ante él. Al final puede ver las primeras casas de su antiguo barrio. La policía hace su enésima aparición, pero él está a cubierto. Miran las caras de la gente que sale de los garitos, no se sabe buscando qué. Sólo tienen la descripción de su ropa. No han visto su pelo rubio corto, ni sus facciones alargadas. Quizás buscan algún atisbo de miedo en los rostros de los que pasan. La policía se parece a los perros. Ambos son capaces de oler el miedo. Pasan de largo y enfila la calle en dirección al parque de enfrente de su antigua casa. Recuerda de pronto su mochila, escondida entre los arbustos del lugar en el que acaba de pintar. Tengo que ir a por ella, se dice. Ahora.

Se da la vuelta y corre, cubriéndose cuando pasa algún coche. Llega hasta el lugar en el que está escondida y no la ve. Mete la mano entre los arbustos y suspira aliviado cuando nota la tela. La recoge. La abraza contra su pecho. La policía sigue dando vueltas sin cesar por los alrededores. Ha perdido la cuenta de la cantidad de coches patrulla que ha visto. ¿Tan importante soy?, se pregunta. No quiere ni pensar en las multas que le esperan en comisaría si le detienen. Los puñetazos que le dieron con dieciséis años parecerán caricias comparados con el golpe que le meterán a su cuenta corriente. Alberto estudia, aunque ha trabajado algunos veranos, y sus ahorros son casi inexistentes. Si me cogen, piensa, tendré que vender el coche para poder pagar. Mis padres me matarán, estoy seguro. No puede permitirlo. La zona en la que acaba de pintar no es segura. Da la vuelta y retoma la dirección del barrio de su infancia. Tarda más de quince minutos en realizar un trayecto que normalmente haría en cinco. Cualquier precaución es poca cuando de proteger tu dinero se trata. Se siente como un inmenso cheque de diez mil euros esperando a que algún madero le atrape.


Por fin llega. Nada ha cambiado, salvo una tienda que ahora está regentada por chinos. La churrería sigue en el mismo sitio. El taller mecánico también. Y la residencia de ancianos de la esquina. De golpe se siente viejo. Busca con la mirada al niño de nueve años que fue, jugando entre los columpios del parque, pero el parque ya no está. Ahora es un parking. Va a su antiguo portal. Hace años que no lo visita. Recuerda el primer día que llegó por sus propios medios al telefonillo y el orgullo que sintió. Ya no queda casi nada de aquel niño, salvo un montón de recuerdos y esa pasión por contestarle a todo y todos que no le ha abandonado. Encuentra las escaleras que conducen al sótano de su bloque, calle abajo. Va hasta allí y se sienta. De pronto, siente todo el peso del tiempo sobre sus hombros. Quizás sea la carrera, o el bajón de adrenalina, o el silencio de las calles. Todo está sucio. El rincón en el que jugaba a policías y ladrones con su hermano se ha convertido en un simple agujero lleno de bolsas de comida y colillas. La vida no respeta nada, piensa. El rincón de mis juegos se ha convertido en el sumidero de mis sueños.

Esconde la cabeza entre las manos y se da cuenta de que está empapado en sudor. Se siente sucio. Siente deseos de arrancarse la ropa y tirarse de cabeza a alguna fuente. De pronto, la terraza de enfrente se abre y aparece un hombre  vestido con una camiseta blanca de tirantes. Es gordo y calvo, de unos treinta y cinco o cuarenta años y le mira extrañado. Alberto le sostiene la mirada unos segundos y le reconoce. Es su antiguo vecino de enfrente, un aprendiz de ratero al que Alberto había visto robar los intermitentes laterales de los coches cuando era pequeño. Cómo cambian las cosas, piensa. Aquel ladrón de medio pelo ahora es el garante de la seguridad del barrio. Escupe con desprecio en dirección a la terraza desde la que el gordo le observa. Quiere provocarle. Se mete una mano en el bolsillo, aparentando que lleva un arma. Le gusta provocar a los gilipollas. Suele ser divertido. En ese momento, el gordo calvo se mete deprisa en casa. Alberto ya sabe lo que sigue. Tiene que salir de allí. Va a llamar a la policía. Tiene la impresión de que la huida no va a terminar nunca. Se levanta y se pone en marcha. Acaba de recordar un sitio en el que no le encontrarán. Va hacia allí a toda velocidad. Lo ve a lo lejos. El árbol en el que jugaba de niño con sus amigos del colegio sigue allí, sobre el montículo desde el que miraba a su ventana llorando cuando sus padres le dejaron en el comedor por primera vez.



Todo sigue igual. Es lo único que está tal y como lo recordaba. Es un plátano de sombra, que da como fruto bolas de color amarillento. Recuerda como deshacían las bolas y se metían el polen entre la ropa unos a otros. Picaba muchísimo. Sube al árbol con la misma agilidad que a los nueve años. Alcanza la rama más alta y observa. Desde allí puede verlo todo, pero nadie puede verle a él. A sus pies, la policía patrulla las calles de su antiguo barrio. Tres coches dan vueltas mientras otros dos cercan las salidas del barrio. Se encienden las luces de muchas casas y distingue las siluetas de algunas personas asomándose a las ventanas. Pero él, en su refugio, se siente a salvo.



Comienza a amanecer. En la distancia, Madrid brilla con las últimas luces de la noche. Su casa le parece más lejana que nunca. Quizás este sea mi destino, piensa. Esconderme y huir siempre. Pero lo prefiero antes que rendirme y resignarme a tener la misma vida que los demás. No hay nada de malo en huir. El arte de la huida, piensa. El que lo domina termina por salvarse. El que se para… el que se para no. A ése le atrapan. Prefiero correr hacia ninguna parte que quedarme sentado esperando, se dice. Resistir. Huir. No dejarse atrapar. Y allí, mirando la ciudad desde lo alto, espera hasta que las calles se vacían de uniformes y decide volver a casa. Alberto baja del árbol y echa a andar con la sensación de ser la única persona viva del mundo. Cruza la avenida mientras la ciudad despierta y se oculta entre la sombra de los plataneros bajo la primera luz del día.

JAVIER NIX CALDERÓN

1 comentario:

León Galiano dijo...

Me has puesto los pelos de punta. Solo me escuece que esta historia sea solo eso, una historia.